Se hunde el mundo, el mundo se hunde y con él, los asientos de las sillas de cafetería, gafas rotas se me antojan cucarachas fiambres bajo una nube de gotas de arena. Filosofar al mediodía de repente ha perdido todo su encanto y sigo con hambre tras devorar una galleta tras otra. Hoy Peter no perderá el autobús, no olvidará las llaves, ningún pastel acabará aplastado por su despistada forma de sentarse. El tren que a veces cambia su destino por el de otra ciudad siguió su rutina normal. Sigo teniendo hambre, pero no es comer lo que necesito.
Hoy sólo estoy intentando romperte el corazón...
Hoy el mundo se hunde y con él, los asientos de las sillas de cafetería.
Hoy el mundo se hunde y con él, la cama bajo tu espalda.
lunes, 19 de octubre de 2009
martes, 29 de septiembre de 2009
Bricomanía tiene utilidad
Por fin el pomo de la puerta de mi habitación está arreglado, y sólo he tenido que esperar unos 3 años a que mi padre se decidiera a echarle un vistazo. Le dio demasiada importancia al asunto el hombre, lo sé, quizá nimiedades como mi privacidad y mi intimidad no deberían haber tenido tanta preferencia en su lista de cosas pendientes, pero es así de entregado y no pude hacer que lo aplazara más, lo intenté con todas mis fuerzas, de verdad, pero no hubo manera.
En fin, lo hecho, hecho está y ahora voy a celebrarlo como realmente se merece.
Pues sí, al fin cerraré mi puerta :).
En fin, lo hecho, hecho está y ahora voy a celebrarlo como realmente se merece.
Pues sí, al fin cerraré mi puerta :).
lunes, 28 de septiembre de 2009
"Que no panda el cúnico!" o de cómo "Don't panic!" se convirtió en la frase estrella de la primera semana
Mi nueva profesora de francés me cae bien.
Esto puede parecer cualquier cosa pero con mi historial de profundo odio hacia profesor@s de francés durante my whole life, se convierte en algo totalmente nuevo y desconocido para mí. Como es nuevo y desconocido para mí el hecho de compartir clase con cerca de un centenar y medio de personas, de las cuales no conozco a la gran mayoría (creo que sólo conocía a un par de chicas de antes y una de ellas me habla y la otra hace como que no me conoce; sí me refiero a tí, estúpida del pelo rizado que se hace la loca, Te Conozco. Pero tranquila no tengo intención de ser tu amiga ni nada :) ).
El caso es que había pensado hacer una descripción sobre mis actuales profesores de universidad, créeme (escribo como si tuviera un receptor y todo, qué optimismo tan repentino) uno de ellos seguro que merece un post entero cuando haya estado en más de una clase suya.
Había pensado escribir sobre mis profesores nuevos, raras especies con inexplicables ganas de enseñar, con verdadero entusiasmo en el tono de su voz al hablar sobre las clases venideras, sobre proyectos y trabajos, con alegría, con ganas de vivir, con esperanza.
¿A nadie más le asusta, inquieta o al menos, sorprende todo esto?
Será que no estoy acostumbrada a encontrar a gente a la que le guste la lengua y la literatura, gente que va a mi clase me refiero, que también van a botellones y que tienen acentos raros porque no nacieron aquí y cuyas voces con extraños acentos se tiñen de envidia al saber que soy de aquí y que vivo con mis padres. Envidia que me es del todo incomprensible. Parece que no soy la única bicho raro al fin.
Y no sé si es por la falta de sueño o por aburrimiento o porque se me ha acabado la cuerda, pero este post ya va decayendo porque ya no tengo con qué improvisar. Además no quiero escribir cosas absurdas que no tengan al menos un mensaje absurdo o algo, en serio no quiero jugar con las palabras temerariamente. No ahora que sé a lo que me enfrento, no después de mi clase de Lexicología de hoy.
No ha sido una clase propiamente dicha en el sentido estricto de la palabra, más bien el profesor se ha limitado a presentarse.
Durante una hora.
En inglés.
Divagando sobre el arte de analizar diccionarios y otras cosas que no retuve demasiado tiempo en mi pequeño cerebro (la retención de líquidos en mi cuerpo es otra historia).
Me suena que dijo algo sobre su inglés de los montes y sobre "caminante no hay camino, se hace camino al andar" y recuerdo también un par de silencios elocuentes después de escribir en la pizarra las palabras: "beach" y "sheet" seguidas respectivamente por un símbolo de antonimia y puntos suspensivos.
¿Pero quién soy yo para hablar de estas cosas?
Un número.
Un número en una clase de casi ciento cincuenta personas de Traducción e Interpretación.
Así que vamos, no os cortéis levantad el ratón y comentad, en este blog se tiene muy en cuenta la participación.
Esto puede parecer cualquier cosa pero con mi historial de profundo odio hacia profesor@s de francés durante my whole life, se convierte en algo totalmente nuevo y desconocido para mí. Como es nuevo y desconocido para mí el hecho de compartir clase con cerca de un centenar y medio de personas, de las cuales no conozco a la gran mayoría (creo que sólo conocía a un par de chicas de antes y una de ellas me habla y la otra hace como que no me conoce; sí me refiero a tí, estúpida del pelo rizado que se hace la loca, Te Conozco. Pero tranquila no tengo intención de ser tu amiga ni nada :) ).
El caso es que había pensado hacer una descripción sobre mis actuales profesores de universidad, créeme (escribo como si tuviera un receptor y todo, qué optimismo tan repentino) uno de ellos seguro que merece un post entero cuando haya estado en más de una clase suya.
Había pensado escribir sobre mis profesores nuevos, raras especies con inexplicables ganas de enseñar, con verdadero entusiasmo en el tono de su voz al hablar sobre las clases venideras, sobre proyectos y trabajos, con alegría, con ganas de vivir, con esperanza.
¿A nadie más le asusta, inquieta o al menos, sorprende todo esto?
Será que no estoy acostumbrada a encontrar a gente a la que le guste la lengua y la literatura, gente que va a mi clase me refiero, que también van a botellones y que tienen acentos raros porque no nacieron aquí y cuyas voces con extraños acentos se tiñen de envidia al saber que soy de aquí y que vivo con mis padres. Envidia que me es del todo incomprensible. Parece que no soy la única bicho raro al fin.
Y no sé si es por la falta de sueño o por aburrimiento o porque se me ha acabado la cuerda, pero este post ya va decayendo porque ya no tengo con qué improvisar. Además no quiero escribir cosas absurdas que no tengan al menos un mensaje absurdo o algo, en serio no quiero jugar con las palabras temerariamente. No ahora que sé a lo que me enfrento, no después de mi clase de Lexicología de hoy.
No ha sido una clase propiamente dicha en el sentido estricto de la palabra, más bien el profesor se ha limitado a presentarse.
Durante una hora.
En inglés.
Divagando sobre el arte de analizar diccionarios y otras cosas que no retuve demasiado tiempo en mi pequeño cerebro (la retención de líquidos en mi cuerpo es otra historia).
Me suena que dijo algo sobre su inglés de los montes y sobre "caminante no hay camino, se hace camino al andar" y recuerdo también un par de silencios elocuentes después de escribir en la pizarra las palabras: "beach" y "sheet" seguidas respectivamente por un símbolo de antonimia y puntos suspensivos.
¿Pero quién soy yo para hablar de estas cosas?
Un número.
Un número en una clase de casi ciento cincuenta personas de Traducción e Interpretación.
Así que vamos, no os cortéis levantad el ratón y comentad, en este blog se tiene muy en cuenta la participación.
jueves, 24 de septiembre de 2009
El fantasma de las navidades pasadas
De repente ahí estaba yo, sin hacer nada constructivo y de provecho con mi tiempo, perdida por telarañas de musarañas a lo mosquito aventurero y/o sumamente aburrido. Ni que decir tiene que ese era un momento tan bueno como cualquier otro para que la inspiración llegara. Podría haberme sorprendido con una visita espontánea, me habría hecho bastante ilusión la verdad. No hacía falta que trajera flores ni nada, a mí esas cosas me sobran, y yo con su presencia ya me daba por satisfecha.
Ja.
El momento pasó y mi puerta no recibió knock alguno. Lo cierto es que tampoco tenía por qué llamar, yo a ella le permito esa clase de confianzas.
Ja.
El momento pasó y mi puerta no recibió knock alguno. Lo cierto es que tampoco tenía por qué llamar, yo a ella le permito esa clase de confianzas.
domingo, 20 de septiembre de 2009
Saturday night
¡¡Id a un motel!!
Personalmente, es una de esas frases que prefiero escuchar a tener que decir.
Personalmente, es una de esas frases que prefiero escuchar a tener que decir.
lunes, 31 de agosto de 2009
Adiós, querida exasperación
Yo solía luchar, alzar la voz cuando me alteraba –no me doy cuenta hasta que me encuentro gritando- quejarme, protestar, en definitiva, intentar hacerme oír. Digo solía porque a partir de hoy he decidido no volver a dejar que lo que digan ellos me altere, eso ya se ha acabado. Visto lo visto es lo mejor, total para el caso que recibía es lo mismo y no gasto fuerzas a lo tonto. He aprendido lo que quieren oír después de la frase que les gusta decir, es la misma rutina siempre así que no habrá problema. No quieren saber la verdad ni lo que pienso porque normalmente tengo una visión pesimista y eso trae peleas y reproches, no les preocuparé innecesariamente, no les gusta. Estaré bien haciendo la función de loro, me han enseñado un par de frases, las que debo decir, cuándo y cómo. Sólo espero no dejarme arrastrar por esa falsa comodidad y caer presa del conformismo, me odiaría a mí misma si llegara a enterarme de que me pasa algo así. Qué horror.
Aunque mientras tenga un blog anónimo podré despacharme a gusto, es un alivio, no tengo que preocuparme si le gustará a alguien más, sólo tiene que gustarme a mí. De momento, lo estoy intentando.
Por eso es por lo que he decidido adoptar un ejemplar único de mukusuluba, uno y ya, claro, no me sobra el sitio y si es único es precisamente por eso, porque no hay más. He oído que alguien quiso llamarlo Hipólito, pero no me gusta. Es nombre de señor calvo con cabeza redonda y gafas gruesas con montura al aire.
Nada que ver con un ejemplar único de mukusuluba.
Aunque mientras tenga un blog anónimo podré despacharme a gusto, es un alivio, no tengo que preocuparme si le gustará a alguien más, sólo tiene que gustarme a mí. De momento, lo estoy intentando.
Por eso es por lo que he decidido adoptar un ejemplar único de mukusuluba, uno y ya, claro, no me sobra el sitio y si es único es precisamente por eso, porque no hay más. He oído que alguien quiso llamarlo Hipólito, pero no me gusta. Es nombre de señor calvo con cabeza redonda y gafas gruesas con montura al aire.
Nada que ver con un ejemplar único de mukusuluba.
domingo, 30 de agosto de 2009
Aventuras nocturnas
3.08 a.m.
El insoportable y pegajoso calor nocturno se mezcla con la incomodidad de saber que el aparato contra los mosquitos está desenchufado a favor de tener el portátil conectado.
Ya lo sé, hasta estos extremos llega mi adicción al mundo cibernético. Un agosto en el sur de una Península Ibérica, de cuyo hemisferio no quiero acordarme, a unas horas de la noche en las que el maldito calor decide que no es lo bastante tarde como para irse a dormir. Bien, tampoco yo me voy, veamos quién gana.
A tales intempestivas horas mis párpados dicen que hasta aquí hemos llegao, y protestan, dejándose caer. Finalmente cedo, al fin y al cabo, las conversaciones trascendentales se acabaron hace media hora, la mayoría de los que quedamos luchamos por cabezonería contra la fuerza de atracción de la almohada. Despidiéndome a trompicones con absurdas excusas sobre fuerzas mayores gobernantes en la casa, cierro mi conexión a la red y desconecto cables y enchufes con la suavidad de quien sabe que puede ser pillado con las manos en la masa en cualquier instante. Ah, las emociones de la clandestinidad.
Una vez recogido el tinglado me surge la duda: encender luces con el consecuente peligroso riesgo de despertar a los durmientes o bajar escaleras con curvas a lo Pocahontas –descalza- a riesgo de dar un traspiés y matarme. Unos titubeantes latidos después decido lo segundo, si sucediera lo peor ya hay buitres dispuestos a hacerse con mis posesiones más preciadas, pero mínimo estarían bien cuidadas, y a mí, que URI y Pastafari me tengan en su gloria que a ellos me encomiendo.
Una última mirada y maquinaria en mano, abandono mi acogedora alcoba para enfrentarme a los imponentes escalones. Desde la oscuridad no se ve una mierda, negrura por todos lados, pero al menos puedo tomarme mi tiempo. “Respira: un, dos, tres…venga joder” Allá que voy.
Mis pies descalzos van tocando con cuidado uno a uno de los escalones con seguridad, y mis oídos siguen tanteando el aire atentamente, en busca de sonidos delatores. Ya estoy llegando a la mitad…y se acabó. Con aire triunfal me dirijo al salón toda orgullosa “ja!”, dejo el pc en su sitio, media vuelta y…me quedo en una postura estúpida, congelada, digna del típico baile que toda persona baila al saberse con la casa para ella sola. Acabo de toparme con una sombra, que no es la mía, por supuesto, alta y esbelta, muy delgada que me observa con el mismo asombro helado que me atenaza en ese momento.
Lo que no sé es como no grité en ese momento, supongo que el miedo a que me pillaran era mayor al ser sorprendida por alguien en la oscuridad, porque yo sabía que todos estaban durmiendo y, siendo sincera, nunca esperaría encontrarme un ladrón andando por el salón de mi casa. Los sitios en que normalmente esperas algo así es detrás de la puerta del cuarto de baño o agazapado en la placa de ducha, no sé por qué, simplemente es un sitio perfecto para tal efecto. Si yo fuera a robar a una casa intentaría estar el mayor tiempo posible escondida, no andar dando vueltas por el salón como una idiota, pero bueno es mi opinión, no intento dar lecciones de cómo robar en casas ajenas a nadie.
El caso es que la sombra me recordó a alguien, no sé el qué pero tenía un aire familiar e inmediatamente empecé a pensar en mi hermano. Mi hermano entrando en casas ajenas a robar. Dios mío, mi hermano, un sucio y asqueroso ladrón. Me dio una pena enorme, casi se me saltan las lágrimas. Joder, mi hermano pequeño, un desecho de la sociedad en la tierna adolescencia. ¿Qué habíamos hecho mal? Quizá no debimos dejar que se peleara por los juguetes de pequeño, me dije, seguramente eso le había llevado a pensar que podía coger lo que quisiera si le apetecía. Pobre hermanito, caído en las garras de la delincuencia en plena pubertad. Casi se me escapó un sollozo, casi, aún debía de pensar en mantener el silencio. La familiar sombra debió de pensar lo mismo porque me hizo señas. Eso me extrañó y me hizo pensar, si era un ladrón, ¿qué hacía ahí parado? ¿No debería haberme amordazado y atado y dejarme cual fardo en un rincón cualquiera? ¿Nada de amenazas, ni violencia ni navajas/destornillador? ¿Dónde estaba la acción y la tragedia de esta intrusión nocturna?
-¿Estás tonta o qué? Vamos ya pa arriba, que se nos hace de día como sigamos aquí parados ¬¬
Me llevé un susto y un alivio grandísimo al mismo tiempo. ¡Mi hermano! ¡Le había dado la espalda a la vida de vandalismo y robos trasnochados y había vuelto a casa! Enormemente emocionada le di un abrazo y él me dio un empujón que casi me tira al suelo, pero que se me antojó muy cariñoso. Volvió a insistirme en volver a nuestros cuartos a dormir y yo, con mi alegría le contesté con un entusiasta “Sí!”.
Craso error.
El sonido de mi voz hizo que arriba se removieran los durmientes y provocó nuestra huida hacia los respectivos dormitorios en velocidades inhumanas. En esas tropecé al doblar una esquina, pero no me paré a comprobar daños. A la mañana siguiente descubriría un enorme moratón y un dolorido dedo del pie, pero ahí acabó la cosa. También me enteré de que mi hermano había ido a dejar la psp que había estado usando clandestinamente al mismo tiempo que yo hacía lo mismo con el ordenador, para que no se diga que no somos familia.
La lección que se saca de la historia es que no hay que hacer el tonto a esas horas, ponernos de acuerdo para bajar e inventarnos una excusa, para la próxima vez.
Bueno, también todos aprendimos, progenitores incluidos, a asegurarnos de cerrar bien la puerta, porque esa noche nos entraron y al día siguiente encontramos una ganzúa –probablemente se le habría caído del bolsillo- detrás de la puerta del cuarto de baño. Yo tenía razón, no se debe hacer el tonto en el salón de madrugada con las luces apagadas.
El insoportable y pegajoso calor nocturno se mezcla con la incomodidad de saber que el aparato contra los mosquitos está desenchufado a favor de tener el portátil conectado.
Ya lo sé, hasta estos extremos llega mi adicción al mundo cibernético. Un agosto en el sur de una Península Ibérica, de cuyo hemisferio no quiero acordarme, a unas horas de la noche en las que el maldito calor decide que no es lo bastante tarde como para irse a dormir. Bien, tampoco yo me voy, veamos quién gana.
A tales intempestivas horas mis párpados dicen que hasta aquí hemos llegao, y protestan, dejándose caer. Finalmente cedo, al fin y al cabo, las conversaciones trascendentales se acabaron hace media hora, la mayoría de los que quedamos luchamos por cabezonería contra la fuerza de atracción de la almohada. Despidiéndome a trompicones con absurdas excusas sobre fuerzas mayores gobernantes en la casa, cierro mi conexión a la red y desconecto cables y enchufes con la suavidad de quien sabe que puede ser pillado con las manos en la masa en cualquier instante. Ah, las emociones de la clandestinidad.
Una vez recogido el tinglado me surge la duda: encender luces con el consecuente peligroso riesgo de despertar a los durmientes o bajar escaleras con curvas a lo Pocahontas –descalza- a riesgo de dar un traspiés y matarme. Unos titubeantes latidos después decido lo segundo, si sucediera lo peor ya hay buitres dispuestos a hacerse con mis posesiones más preciadas, pero mínimo estarían bien cuidadas, y a mí, que URI y Pastafari me tengan en su gloria que a ellos me encomiendo.
Una última mirada y maquinaria en mano, abandono mi acogedora alcoba para enfrentarme a los imponentes escalones. Desde la oscuridad no se ve una mierda, negrura por todos lados, pero al menos puedo tomarme mi tiempo. “Respira: un, dos, tres…venga joder” Allá que voy.
Mis pies descalzos van tocando con cuidado uno a uno de los escalones con seguridad, y mis oídos siguen tanteando el aire atentamente, en busca de sonidos delatores. Ya estoy llegando a la mitad…y se acabó. Con aire triunfal me dirijo al salón toda orgullosa “ja!”, dejo el pc en su sitio, media vuelta y…me quedo en una postura estúpida, congelada, digna del típico baile que toda persona baila al saberse con la casa para ella sola. Acabo de toparme con una sombra, que no es la mía, por supuesto, alta y esbelta, muy delgada que me observa con el mismo asombro helado que me atenaza en ese momento.
Lo que no sé es como no grité en ese momento, supongo que el miedo a que me pillaran era mayor al ser sorprendida por alguien en la oscuridad, porque yo sabía que todos estaban durmiendo y, siendo sincera, nunca esperaría encontrarme un ladrón andando por el salón de mi casa. Los sitios en que normalmente esperas algo así es detrás de la puerta del cuarto de baño o agazapado en la placa de ducha, no sé por qué, simplemente es un sitio perfecto para tal efecto. Si yo fuera a robar a una casa intentaría estar el mayor tiempo posible escondida, no andar dando vueltas por el salón como una idiota, pero bueno es mi opinión, no intento dar lecciones de cómo robar en casas ajenas a nadie.
El caso es que la sombra me recordó a alguien, no sé el qué pero tenía un aire familiar e inmediatamente empecé a pensar en mi hermano. Mi hermano entrando en casas ajenas a robar. Dios mío, mi hermano, un sucio y asqueroso ladrón. Me dio una pena enorme, casi se me saltan las lágrimas. Joder, mi hermano pequeño, un desecho de la sociedad en la tierna adolescencia. ¿Qué habíamos hecho mal? Quizá no debimos dejar que se peleara por los juguetes de pequeño, me dije, seguramente eso le había llevado a pensar que podía coger lo que quisiera si le apetecía. Pobre hermanito, caído en las garras de la delincuencia en plena pubertad. Casi se me escapó un sollozo, casi, aún debía de pensar en mantener el silencio. La familiar sombra debió de pensar lo mismo porque me hizo señas. Eso me extrañó y me hizo pensar, si era un ladrón, ¿qué hacía ahí parado? ¿No debería haberme amordazado y atado y dejarme cual fardo en un rincón cualquiera? ¿Nada de amenazas, ni violencia ni navajas/destornillador? ¿Dónde estaba la acción y la tragedia de esta intrusión nocturna?
-¿Estás tonta o qué? Vamos ya pa arriba, que se nos hace de día como sigamos aquí parados ¬¬
Me llevé un susto y un alivio grandísimo al mismo tiempo. ¡Mi hermano! ¡Le había dado la espalda a la vida de vandalismo y robos trasnochados y había vuelto a casa! Enormemente emocionada le di un abrazo y él me dio un empujón que casi me tira al suelo, pero que se me antojó muy cariñoso. Volvió a insistirme en volver a nuestros cuartos a dormir y yo, con mi alegría le contesté con un entusiasta “Sí!”.
Craso error.
El sonido de mi voz hizo que arriba se removieran los durmientes y provocó nuestra huida hacia los respectivos dormitorios en velocidades inhumanas. En esas tropecé al doblar una esquina, pero no me paré a comprobar daños. A la mañana siguiente descubriría un enorme moratón y un dolorido dedo del pie, pero ahí acabó la cosa. También me enteré de que mi hermano había ido a dejar la psp que había estado usando clandestinamente al mismo tiempo que yo hacía lo mismo con el ordenador, para que no se diga que no somos familia.
La lección que se saca de la historia es que no hay que hacer el tonto a esas horas, ponernos de acuerdo para bajar e inventarnos una excusa, para la próxima vez.
Bueno, también todos aprendimos, progenitores incluidos, a asegurarnos de cerrar bien la puerta, porque esa noche nos entraron y al día siguiente encontramos una ganzúa –probablemente se le habría caído del bolsillo- detrás de la puerta del cuarto de baño. Yo tenía razón, no se debe hacer el tonto en el salón de madrugada con las luces apagadas.
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